Leyendas de Lácenor 1 - La Ciudad Blanca. Capítulo 1 (fragmento).
Con el rostro perlado de sudor, Tach´or se adentró en la Estancia de las Sombras. Sabía que era absurdo a ojos ajenos, pero no podía evitar sentirse nervioso e intranquilo entre las tinieblas que daban nombre a la sala. Un éldayar, un elfo de las sombras, asustado por las mismas sombras que les daban nombre. Los esclavos se reirían de él si lo supieran. No obstante, sabía que era una experiencia terrorífica para la mayoría de sus hermanos, aunque no hablasen de ello. Su pueblo conocía bien la Oscuridad y lo que se ocultaba tras ella.
Ese era el único lugar que enlazaba el mundo de los mortales con Senestria, el Mundo Oscuro; el único lugar en el que ambos estaban tan cerca el uno del otro que bastaba muy poco para rasgar el débil velo que los separaba. Una legión incontable de seres demoníacos nacidos de la propia Oscuridad arañaban con sus espectrales garras los debilitados muros de la realidad, mientras anhelaban encontrar una abertura que les permitiese alimentarse de las almas y la sangre de los mortales. Tach´or sabía que el mismo oscuro poder que les permitía mantener abierto tan terrible portal era lo que contenía a las criaturas de las sombras y les impedía traspasar el umbral a su mundo. Las sacerdotisas de los éldayar, fieles devotas del Oscuro, utilizaban los favores que les otorgaba su dios con ese fin, consiguiendo así acceso a los terribles poderes de Senestria. Mientras más próxima se encontraba una de estas devotas a la Estancia de las Sombras, mayor era su poder. En su interior, nada de este mundo podía enfrentarse a ellas. «Nada de este mundo», reflexionó Tach'or con un escalofrío mientras sentía las invisibles garras de los seres de las sombras que arañaban la realidad a su alrededor. Nada de este mundo, pero ¿quién sino el Oscuro sabe qué poderes se ocultan más allá del velo?
Tach´or tomó aliento y se sobrepuso a su nerviosismo. Si alguna de ellas lo percibía... No quiso ni pensarlo. Se limpió el sudor de la frente y continuó caminando, mientras observaba fascinado el espectáculo que se desplegaba ante él. En la enorme sala podía verse media docena de hermosas sacerdotisas elfas semicubiertas por delicados vestidos de seda que dejaban entrever aquello que supuestamente ocultaban. Las sacerdotisas llevaban a cabo distintos rituales para ganar los favores de su siniestro dios: algunas realizaban sacrificios de víctimas gimoteantes y otras rezaban siniestros salmos. Resultaba fascinante la dedicación de esas devotas, una dedicación que tenía como meta obtener los dones de su dios, por lo general grandes poderes arcanos.
El elfo buscó con la mirada entre ellas mientras admiraba los distintos rituales que llevaban a cabo. En una lucha por dominar el terror que le producía estar allí, encontró finalmente a quien buscaba.
―Lamshala ―susurró mientras se arrodillaba. Al escuchar el respetuoso saludo éldayar, la esbelta figura se volvió hacia él.
―Qué apropiado que estés aquí, Tach'or. Empezaba a tener hambre ―sus labios dibujaron una seductora sonrisa.
El aludido trató por todos los medios de evitar mirarla a los ojos, pero no fue capaz. Unos insondables pozos oscuros le atraparon y lo arrastraron hacia un estado semihipnótico mientras la elfa se arrodillaba a su lado, mordisqueándose los rojos labios.
»Ya eres mío ―susurró.
Sus uñas se clavaron en el indefenso éldayar hasta que brotó la sangre, mientras lo besaba con lasciva pasión. La mujer interrumpió el beso tan bruscamente como lo había iniciado, y se puso en pie mientras se relamía.
Tach´or cayó hacia delante; quedó a gatas a duras penas mientras jadeaba mareado, consecuencia de la energía vital que le había sido robada en tan aparentemente inofensivo beso.
―Y ahora, delicioso Tach'or, dime qué te trae por aquí ―ordenó ella tras acomodarse entre unos blandos cojines.
―Sí, sacerdotisa Shylara ―dijo el elfo mientras trataba de recuperar el aliento. Nunca sabía si la especial predilección que la sacerdotisa parecía sentir por él era una bendición o una maldición―. Traigo noticias sobre su hijo… ―Un destello de ira en los ojos de la mujer le recordó, demasiado tarde, que había cometido un error.
―¿Mi… ¿Mi hijo?
―Discúlpeme, yo solo…
―¿¡Mi hijo!?
Tach´or palideció.
―¡Es un bastardo! Tuve la desgracia de quedar manchada por la semilla de uno de mis esclavos, pero eso no lo convierte en mi hijo. ¡No es más que un mestizo que no merece ni el aire que respira! Si vuelves a referirte a él como lo has hecho…
La amenaza quedó incompleta, pero fue más que suficiente. Ambos eran perfectamente conscientes de lo que ella era capaz.
―No volverá a repetirse ―aseguró Tach´or con la cabeza baja.

―Bien. ¿Qué sucede con el bastardo? La única razón por la que no lo sacrifiqué al Oscuro en el mismo momento en el que nació fue que los del gremio de asesinos mostrasteis cierta curiosidad por él. Si está causándote problemas, mátalo. ¡Pero no me molestes!
―Nada de eso, mi señora. Lo cierto es que sus progresos son fascinantes. Gracias a su sangre humana, con apenas un par de décadas de vida, es un adulto completamente formado físicamente. Estoy pensando en criar semielfos como asesinos; lograríamos disponer de un buen grupo de ellos en poco tiempo y resultarían una tropa barata y sacrificable.
―¿Y mancillar nuestra raza así? ―respondió ella con un gesto despectivo.
―En cualquier caso, estoy convencido de que ya está preparado. Ha sido entrenado en las artes del sigilo y el asesinato, y he de decir que estoy muy satisfecho con el resultado. Compensa las deficiencias de su lado humano con una disciplina y una dedicación absolutas. Ha demostrado especial predilección por las dagas y una puntería sorprendente con arcos y ballestas. Además, me he ocupado de que uno de nuestros esclavos (un erudito entre los suyos, al parecer) le enseñase su primitivo idioma. Le hará falta para infiltrarse entre los humanos.
―Me aburres... ¿Por qué me aburres, Tach'or?
―Porque... ―Se tragó las palabras que bailaban en su mente: «Porque es vuestro hijo, maldita sea, y porque pensaba que a pesar de todo tendríais algo más que hielo en el corazón»―. Porque creo que ya está preparado para cumplir con el papel para el que lo he estado preparando todo este tiempo. Había pensado que el encargo que habéis hecho al gremio acerca del asesinato de la dama Aressa podría ser un apropiado bautismo de sangre para él.
―En ese caso, envíalo. Te lo advierto: si lo matasen, me sentiría aliviada de quitármelo de encima, pero no toleraré fallos en la misión.
―Entendido, sacerdotisa Shylara. Ahora, si me disculpa, debo continuar con mi trabajo ―concluyó el maestro de asesinos.
―No, aún no puedes marcharte. ―Tach´or miró a la mujer sin comprender. Esta se le acercó con una pícara sonrisa y, tras atraerlo hacia sí, volvió a besarlo con pasión―. Aún no he terminado contigo ―le susurró al oído mientras le mordisqueaba la puntiaguda oreja.
Con una sonrisa de complacencia, el elfo se dejó arrastrar a los almohadones.
¡DESCUBRE MÁS DE LEYENDAS DE LÁCENOR HACIENDO CLIC EN EL LOGO!

